Me proponían alimentar el tiempo, pronto me iban a adormecer, lento y con pensamientos de artificio, estaba todo pactado y el conservado minutero seguía indicando que era una señal; los números pares, la constante reptición de esos iguales, lo justo transformandose en redundante, y esa exactitud numerológica era indecifrable, hasta las sensaciones estaban numerándose, las razones empiezan a desvanecerse y nada conserva el tacto. No hay casualidad. Mis ojos se dispersan en rincones desprolijos, y minuciosamente me dedico a mirar los minutos, como quien mira una espera. El tiempo corre con la desesperación, la calma se agota con las horas, y la ansiedad tiene la misma exactitud de esos números pares, mientras intento descifrar el número de un alma.
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